Cómo gestionar el miedo y la culpa para educar a nuestros hijos desde la paz interior

Esta semana he tenido el placer de asistir como experta (me da mucho reparo utilizar esta palabra con respecto a mi) al colegio Ideo, un proyecto educativo innovador referente a nivel nacional.

Yolanda herrero Mor en el Colegio IDEOCada martes los padres se reúnen para compartir entre ellos, y una vez al mes, organizan una “IdeoTertulia con el experto”. En este caso contaron conmigo para hablar sobre cómo repercute en nosotros y en nuestros hijos la falta de paz interior y darles herramientas para manejar la culpa y el miedo a la hora de educar.

Los niños son Mindfulness de serie, pero es una capacidad que hay que cultivar. Te propongo unas técnicas de Atención Plena.

El tema tiene mucha “chicha”, aún así, las dos horas que duro la charla, dieron para mucho y fue estupendo como entre todos pudimos, desde el principio, señalar las claves que nos ayudarían a desgranar el tema e ir al fondo del asunto.

Ahí van los puntos claves a modo de resumen de la charla:

Tu paz interior a la hora de educar, tiene mucho que ver con la coherencia.

Hay muchas cosas que nos pueden quitar la paz interior a la hora de educar, ¿a que sí?

Pero a grandes líneas y poniendo el foco en nosotros, en nuestro interior, que es desde dónde tenemos el poder para generar esa paz interior, diría que la paz emerge fundamentalmente de un estado de coherencia interna.

Cuando lo que pienso, lo que siento y lo que hago están alineados y además, hay un horizonte claro al que elijo dirigirme, eso me da criterio, estabilidad, coherencia y paz.

Quien crees ser y qué eres en realidad. Incluyendo el YO esencial. Transpersonal

Para poder alinear lo que pienso, lo que siento y lo que hago, primero debo ser consciente de mis pensamientos y mis emociones para poder, a través del cuerpo, tomar acción. La coherencia culmina con la acción.

En ese sentido el primer obstáculo que nos encontramos cuando la vida nos pone a nuestro primer hijo en los brazos, es que ese horizonte educativo al que queremos dirigir nuestros pasos, no está claro. Podemos hacernos una idea de cual es el estilo de crianza que queremos ejercer pero aunque hayamos leído mucho sobre el tema, el no haber tenido todavía experiencia directa sobre lo que significa ser padres, hace que ese horizonte sea algo que vamos dilucidando a medida que andamos el camino en esos primeros años.

En ese andar el camino junto a nuestro primer hijo, van apareciendo la culpa y el miedo como principales “ladrones de paz” a la hora de educar.

Miedo a no hacer bien las cosas y culpa por la repercusión que nuestras “malas decisiones” pueda tener en nuestros hijos.

Pero aún hay más, está el miedo a la culpa. Tenemos miedo de sentirnos culpables por contradecir al pediatra, a nuestra madre, a la vecina, al sistema educativo… a lo que percibimos como comúnmente aceptado que no es coherente con nuestro particular forma de pensar y sentir, con respecto a lo que nosotros queremos para nuestros hijos, en función de nuestras circunstancias personales e intransferibles.

La educación supone un proceso de aprendizaje para los padres importantísimo porque ahora ya no solo nosotros tomamos decisiones y asumimos las consecuencias. La educación nos “obliga” a poner más consciencia y darle una vuelta más a lo que pensamos, sentimos y hacemos, porque lo que nosotros decidamos sobre ellos les repercutirá para bien o para mal. Y cuando estamos en la faena de educar, nos damos cuenta de que ese aprendizaje tan importantísimo muchas veces lo hacemos a base de ensayo error, y los errores los pagan ellos. Además, para hacerlo bien, bien, requetebién, como solemos educar en pareja, todo esto hay que consensuarlo y transmitir criterios a otros co-educadores para que en el tiempo que nuestros hij@ pasan con los abuelos, no se vayan al traste nuestra mejores estrategias de disciplina positiva, alimentación saludable y buenos hábitos XD.

Ahora es cuando sientes el peso sobre tus hombros, te dan ganas de resoplar un “ufff!!!” muy grande y de decir “mira, ya tiraré pa’lante como pueda, que mis padres no se planteaban todas estas cosas, no he salido tan mal, ni mi hij@ tampoco (o sí)”.

Tranquilidad…, ya llegan los recursos… :).

Cuando tu mente está en el futuro o el pasado y te sientes en función de ese pensamiento que no se corresponde con tus circunstancias de AHORA pierdes recursos y sabiduría para educar. Cuando a través del Mindfulness te instalas en el momento presente; tu cuerpo, tu mente y tu emoción están disponibles para educar en función de lo que AHORA sea conveniente y de lo que te da coherencia.

Para saber si estoy siendo coherente con mis decisiones educativas y alinear: mi mente, mi cuerpo y mi emoción, necesito escucharme.

Te recomiendo en este punto leer el post sobre las dimensiones del SER

El Mindfulness propicia esa autoescucha mental, emocional y corporal, que te hará saber qué necesitas, hacia donde te quieres dirigir y qué pasos dar para conseguirlo.

¿Cual es tu intención? ¿Cual es el horizonte educativo al que quieres dirigir tus pasos y cómo lo quieres hacer? ¿Quieres educar desde el miedo que condiciona o desde el amor que nutre?

La mayoría de las veces no nos hacemos esas preguntas, vamos salvando obstáculos en el día a día arrastrados por la vorágine (ese es otro tema importante que nos lleva a echar en falta nuestra paz interior. En este post tienes recursos para gestionar el estrés del día a día) y en esas circunstancias aparecen el miedo y la culpa quitándonos la paz y avisandonos de que algo nos está generando incoherencia.

El miedo que protege o el miedo que limita. ¿Para qué sirve el miedo?

Entre el miedo y la culpa, vamos a empezar con el miedo que es la fácil :D. Si, porque es la emoción raíz y por lo general nos resulta más fácil de identificar.

El miedo, vivido en el presente, es adaptativo y está al servicio de la vida.

Protege de los peligros reales y nos ayuda a resolver situaciones percibidas como amenazas. Puede que lo que un padre pueda percibir como peligroso, otro no lo considere así. Esa percepción estará condicionada por el sistema de creencias de cada uno en función de los aprendizajes que haya hecho durante su vida.

Aquí van una serie de situaciones que suelen generar miedo adaptativo o limitante a los padres, y el recurso que desde el Mindfulness vas a poder aplicar para resolver con consciencia la situación:

La seguridad es lo primero.

Atiende el momento presente para reaccionar a tiempo en aquellas situaciones que supongan un peligro real para la integridad física o emocional de tu hijo.

Un ejemplo muy claro es en el parque. En vez de temer por ellos desde el banco del parque mientras escalan gritando “¡Te vas a caer!”, acompaña esa acción para darle seguridad a tu hijo/a y poner una mano donde le falle el pie.

Eso será lo que le de seguridad y afiance su desarrollo. Poco a poco será más capaz de desenvolverse, las situaciones de peligro real se reducirán y aunque nadie está a salvo de hacerse un coscorrón, poco a poco los dos iréis confiando más en sus capacidades.

Donde haya preocupación, pon atención.

Si cada vez que vais a cruzar la calle te pones de los nervios porque tienes miedo de que le atropelle un coche, simplemente, pon atención en la acción.

Ya está. Donde hay preocupación, pon atención.

Anticipar el peligro sintiendo miedo y dejándote arrastrar por él, te impide responder adaptativamente.

Simplemente anticipa el peligro, cógele de la mano (o haz como yo que la voy como escoltando porque lo de cruzar la calle de la mano mi hija lo siente como una gran coacción a su libertad XD) poniendo atención al tráfico y cruza tranquilamente.

Observa si tu miedo es proporcional a las circunstancias.

Si no es así, se trata de una emoción elástica. Algo que sucedió hace tiempo (probablemente en tu infancia) que tus sentidos perciben como “parecido” a aquello que sucedió, te está haciendo reaccionar de forma exacerbada.

Observando puedes tomar consciencia de ello e ir soltando la emoción, tomando consciencia de que la cosa no es para tanto.

Observa si tu miedo está relacionado con el momento presente.

Es muy frecuente que padres primerizos con niños pequeños sientan que ese momento tan feliz que experimentan se vaya a truncar de forma inesperada. Sobretodo por las noches. Es como si internamente se dijesen, “esto no puede ser tan maravilloso, algo malo va a pasar” y lo pasan realmente mal, sobretodo las madres.

Aquí y ahora todo está bien” es el mantra que podemos aplicar cuando sintamos un miedo que hemos creado y alimentado con nuestra mente y que no se corresponde con el momento presente.

Identifica ese miedo, respirarlo y déjalo ir… cada vez que aparezca. Verás como con el tiempo va perdiendo fuerza.

Cuando el miedo no es adaptativo sino que viene condicionado por patrones que nos limitan que no sabemos cómo liberar, mi consejo es que pidas ayuda a un profesional.

Debajo de esos patrones que probablemente forjaste en tu infancia para sobrevivir, pero que ahora limitan tu vida adulta, hay un montón de recursos y de energía vital esperando ser liberados y ayudarte a vivir plenamente.

Cultiva el vínculo con tus hijos adolescentes.

Para que cuando llegue el momento en que salgan de debajo de tu ala y ya no puedas estar tú para poner una mano cuando a ellos les falle un pié. Cultiva una relación de confianza y aceptación , para que recurran a ti cuando estén en apuros. Encontrad juntos el equilibro necesario para poder dar libertad y sentiros seguros en la medida de lo posible.

Donde hay miedo el amor no crece.

Graffiti hombre siguiendo a su corazón ConfianzaTomar decisiones con los hijos muchas veces no es fácil por que nuestros propios condicionamientos nos hacen dudar.

Cuando dudes sobre cómo actuar en una determinada situación, te invito a hacerte esta pregunta ¿Desde dónde hago esto? ¿Desde el miedo o desde el amor? ¿Desde el miedo que me lleva a evitar una determinada situación? o ¿Desde el amor que me hace desear lo mejor para mis hijos aún cuando eso conlleve atravesar mis miedos?

“Aquello que os despertare amor, eso haced”

Santa Teresa de Jesús

El sentimiento de culpa que te mina o la culpa que te ayuda a reparar el daño y crecer.

En los últimos tiempos escucho mensajes de los círculos de desarrollo personal diciendo que debemos desterrar la culpa de nuestras vidas. Que no está bien sentirse culpable y que todos somos inocentes.

En ultimísima instancia yo también creo que todos hacemos lo que podemos y que incluso nuestras “malas” acciones están al servicio de un proceso evolutivo global. También soy consciente de lo limitante que puede resultar ese sentimiento de culpabilidad que nos llega a través de nuestra raíces judeocristianas; “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”dice la oración. Parece que sobretodo las mujeres, traemos la culpa de serie y el sentimiento se acentúa en cuanto la vida nos pone un hijo en los brazos.

A menudo oigo a las personas utilizar eufemismos como: “culpa no, responsabilidad” y resulta que, lo quiera ver o no, todos somos responsables de nuestros actos tanto si hacen bien como si no.

La culpa va de: cuando hago o digo algo que pueda dañar a alguien, que puede ir en perjuicio de otros, o cuando dejo de hacer, cuando omito hacer algo que es mi responsabilidad.

Entiendo que nos pese el término y nos lo queramos quitar de encima pero si desterramos el sentimiento de culpa de nuestras vidas, nos quedamos sin el recurso adaptativo que el sentimiento nos ofrece vivido en el momento presente.

Aquí van unas claves para poder hacer esa culpa adaptativa.

Cómo superar el sentimiento de culpa y liberarse de él transformándolo.

La culpa te ayuda a reconocer tus errores con tus hijos y rectificar.

Madre consolando a su hijo. Sentimiento de culpa.Cuando sientas que te has equivocado con tus hijos, que no has obrado correctamente con ellos y notes en tu estómago ese “come come”, identifica esa señal que te da el cuerpo para conectar con aquello que necesites revisar y elige reparar.

Pedir disculpas después de haber metido la pata con ellos no te quitará autoridad sino que ayudará a estrechar el vínculo. Les enseñarás con tus actos que reconocer el daño que hacemos es lo que nos posibilita repararlo en la medida de lo posible y aprender de ello.

Seguro que has experimentado en tu vida esto en algún momento, puede que reconocer y reparar el daño aunque fuese pidiendo disculpas te costase, pero al final; te permitió sentirte en paz, conocerte mejor y recuperar la coherencia interna :).

Cada vez que nos sentimos culpables, pedimos disculpas y elegimos reparar, ponemos la culpa al servicio de la reconciliación y la paz. El sentimiento de culpa vivido en el presente como cualquier emoción, es breve, resuelve y nos hace crecer.

Cuando te sientes culpable por lo que no haces que deberías hacer teniendo en cuenta a los demás.

El ejemplo más claro de esto que encuentro en nuestros días, es el que conlleva la dificultad de nuestro estilo de vida para conciliar vida laboral y familiar. Genera mucha culpa no poder estar el tiempo que necesitamos con nuestros hijos y esa culpa de todos los días es algo que nos cuesta mucho más gestionar.

Esto es culpa por omisión de acción, por no poder atenderles como necesitan, por no pasar el tiempo necesario con ellos, por no encontrar la fórmula mágica que nos permita encajarlo todo, por saber en nuestro fuero interno que nos cuesta estar todo lo disponibles para ellos que nos gustaría.

Lo podemos tapar con mil justificaciones y con lo que comúnmente llamamos “tiempo de calidad” pero la realidad es la que es y reconocer la culpa que nos genera nuestra falta de presencia para ellos es la que nos va a poner en la pista de cómo podemos hacerlo un poco mejor para todos.

Poner límites desde la reacción automática te hace sentir culpable.

Cuando nos hartamos, gritamos y ponemos límites desde la reacción desbordada por las circunstancias del momento, es muy fácil que nos pasemos tres pueblos y que a los dos segundos nos sintamos culpables.

Poner consciencia en las emociones que te despierta la pataleta de tu hijo, será la mejor forma de controlarla y poner límites desde la calma que es lo que se nos pide desde la disciplina positiva.

¿Fácil? No ¿Imposible? Tampoco :).

Uno de los mayores beneficios que nos aporta el Mindfulness en la relación con nuestros hijos es poder poner consciencia en el momento presente y cambiar la reacción automática por la respuesta consciente. Desde ahí elegimos la respuesta que más se adapte a las necesidades presentes y quizá nos equivoquemos una vez más, pero probablemente ya no nos sintamos culpables. Seremos más capaces de asumir nuestro «error» porque es el resultado de la acción elegida y sabemos que nos podemos equivocar.

La culpa que genera actuar distinto.

Desde pequeños adaptamos nuestra forma de ser fundamentalmente para sentirnos reconocidos y aceptados por nuestro entorno cercano. Pertenecer a al familia, al grupo de iguales o a la sociedad, es básico como seres sociales que somos. Evolucionamos gracias a la interrelación con los demás. Nos esforzamos, mucho, ¡muchísimo! Por encajar en esos parámetros que a menudo nosotros mismos nos imponemos y llega un momento en el que somos padres y urge como explicaba al principio, encontrar coherencia caminando hacia nuestro propio horizonte.

Una educación consciente implica educar desde nuestra esencia, desde nuestra parte más genuina, y en ese camino nos damos cuenta de que eso pasa por dejar de hacer lo que “siempre se ha hecho”, lo que “nos han dicho que hagamos” y empezar a tomar decisiones desde lo que a nosotros nos de coherencia. Eso implica dejar de actuar como pensamos que se espera de nosotros y dejar de ser fiel al sistema de creencias que nos vio crecer.

Dar pasos hacia un horizonte educativo nuevo, y distinto a aquello que entendemos como establecido, genera culpa y vértigo sin que nadie venga a recordarte que te estás saliendo del camino “común”.

Pero lo más probable es que en algún momento, tu búsqueda de coherencia se choque con los comentarios de aquellos que ven en tu actuar distinto, una forma de invalidar su sistema de creencias, y eso les mueva los cimientos. Les incomoda tu forma de actuar porque en cierta forma les cuestiona la suya y desde ahí proyectan frases como: “¿todavía toma teta con lo grande que es?”, “¿Qué tiene de malo el cole del barrio?”, ”¿le dejas ir sola?” y en ese punto es donde se juntan el miedo y la culpa y sentimos que las fuerzas flaquean.

Mujer porteando. Ser coherente con uno mismoEn ese momento:

  1. Para.
  2. Inspira profundo,
  3. Reconoce compasivamente tu inseguridad y la del otro.
  4. Conecta con el temblor de piernas y el “come come” en la barriga.
  5. Busca dentro de ti el norte y sigue caminando con confianza hacia esa educación consciente que construyes cada día, porque el camino, aunque pueda resultar algo empinado, merece mucho la pena recorrerlo :).

Espero que te sirva el resumen.

Me encantaría que me hicieses llegar tus comentarios para saber cómo llevas tú estos temas y si te puedo ayudar con algo.

Te invito también a compartir el post porque seguro que puede ayudar a otras madres y padres a ganar confianza y sentirse un poquito menos culpables 🙂

Gracias una vez más al colegio Ideo por contar conmigo, a los padres que asistieron a la charla por lo que aprendió de ellos esta eterna aprendiz y a ti por leer hasta el final mis post 🙂

¿Te ha gustado?, compártelo 🙂

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